En nuestras condiciones transcurre prácticamente un año desde que comienzan a formarse los racimos en las yemas hasta que se materializa la floración de las flores que llevan. La formación de los racimos en las yemas se produce de forma progresiva en las yemas de los sarmientos desde la base hacia la extremidad, comienza hacia la época de la floración, y se prolonga hasta mediados del verano cuando las yemas entran en dormición antes del envero de las uvas. A partir de la entrada en dormición, las yemas formadas no sufren cambios, y en los tallos embrionarios formados en ellas se habrán formado por término medio uno o dos racimos, en algunos casos tres, y, excepcionalmente, más de tres. Los racimos formados en las yemas el año anterior, tiene formadas sus principales ramificaciones primarias y secundarias, y por tanto en las yemas se ha predeterminado el número y el tamaño de los racimos, y por tanto la producción de cosecha del año próximo queda predefinida. Las yemas no sufren cambios morfológicos desde su entrada en dormicición, en lo que resta del ciclo anterior y durante el periodo de reposo. Poco antes del desborre, una semana aproximadamente, en las yemas se reanuda la diferenciación de los racimos, de manera que se completan la totalidad de las ramificaciones de los racimos. En las ramas de las inflorescencias primordiales, de forma casi simultánea en todas, se determinan los botones florales primordiales, también hacia el periodo del desborre. Y en esta estación durante la primavera, desde el desborre, mientras se desarrolla la inflorescencia, secuencialmente se van formando las partes de la flor, se forman los sépalos, los pétalos, los estambres y los carpelos del gineceo, las últimas fases de la diferenciación floral corresponden a la formación de las células reproductoras masculinas contenidas en los granos de polen de las anteras en los estambres, y a la formación de las células reproductoras femeninas, los óvulos, que se forman en el saco embrionario del ovario de los carpelos. Con estas fases termina la iniciación y diferenciación floral que da paso a los procesos de la floración en los que las flores exteriorizan los órganos reproductores, que, por término medio, sucede al final de la primavera, a finales de mayo o durante los primeros días de junio.

La fertilidad de las yemas o de los pámpanos hace referencia a su capacidad productiva (o reproductiva) y se expresa habitualmente el número de racimos, y menos frecuentemente en el número de flores, y, en fases avanzadas, en número de frutos o peso de cosecha. En una variedad, cuando el número de racimos diferenciados en las yemas es más grande, a su vez su tamaño es mayor, pues más intensos y prolongados son los procesos de diferenciación, es decir, si hay más racimos estos son a su vez más grandes.

La capacidad productiva depende de la variedad tanto en el numero como en el tamaño de los racimos el determinismo genético es decisivo, así, variedades como el Albariño presentan muchos racimos y, por lo general, pequeños, mientras que variedades como Bobal en general son pocos y grandes los racimos de cada pámpano. La fertilidad a lo largo del sarmiento crece desde la base hacia la zona media (nudos 8 a 12) y decrece luego hacia la extremidad. El vigor parece decisivo, el exceso de vigor se relaciona con baja fertilidad, anecdóticamente se habla de fertilidad alta para sarmientos de diámetro equivalente a un lápiz, y en algunas variedades se manifiesta una reducción de la fertilidad cuando los sarmientos tienen diámetros inferiores a 10 mm.

En la diferenciación floral, la regulación hormonal promovida en diferentes fases por citiquininas y giberelinas resulta decisiva, la fotosíntesis y por tanto una buena alimentación en carbohidratos es decisiva para la diferenciación de racimos y de flores, y el nitrógeno, siempre que no sea en exceso, juega un papel importante, al fósforo se le considera promotor de la fertilidad y el potasio, por lo general, da respuestas positivas. La luz es un factor determinante decisivo y se pone en evidencia que una iluminación buena de las yemas y los climas luminosos favorecen la fertilidad en racimos y flores, y se asocia también un papel importante a las temperaturas por encima de los 20º C, de 24 a 28º C son requerimientos habituales para muchas variedades, que también ven reducida su fertilidad en condiciones de déficits excesivos de agua.