De una u otra manera, casi todos los países viven hoy en día en un mundo industrializado determinado por la tecnología y globalmente dominado por la economía y el mundo de las finanzas, una época histórica que constituye para nosotros una forma de vida que no hemos elegido y de la que no podemos escapar. Sólo nos queda hacerle frente e intentar vivir en equilibrio entre la tradición y la innovación tecnológica.

En los tiempos antiguos, la técnica posibilitaba al ser humano actuar sobre el entorno, en armonía con la naturaleza, sin disolver los valores transmitidos por la tradición ni intervenir mayormente en la naturaleza humana. Junto a las técnicas del artesano, el campesino, el sabio y miembros de otras profesiones como el bodeguero, practicaban cada uno las suyas y las transmitían a sus descendientes, por lo común sin mayores innovaciones. Los hombres echaban raíces profundas en su tierra natal, arraigaban en sus costumbres y en sus tradiciones, llegando a ser normas y valores de riguroso cumplimiento.

Podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿la innovación y la tradición son conceptos contrapuestos irreconciliables?, posiblemente no, pero depende del marco donde queramos aplicar la pregunta. El en mundo de la bodega, liberarse de la tradición para aplicar los frutos de la innovación es tarea difícil, sobre todo como bodeguero, una profesión que se remonta unos 8000 años antes de Cristo.

Es cierto que la innovación se genera a partir del substrato de la tradición. Sin embargo, en ocasiones, este último llega a ejercer un poder superior que impide que las nuevas tecnologías sirvan para implementar herramientas acordes con el entorno. El mudo de la bodega a nivel de implantación de nuevas tecnologías, es un claro ejemplo. La tradición tiene mayor peso específico que la innovación. Sobre todo de cara al consumidor, que le gusta escuchar los cantos de sirena que el bodeguero repite una y otra vez: “aquí el vino se hace como antes, como nuestros abuelos lo hacían, nada de empleo de nuevas tecnología y porquerías de esas” y de esta forma, se presume de la tradición en el arte de hacer vino, negando la mayor a la innovación y es que cuando una tecnología se introduce en la sociedad, debe existir una respuesta humana para afianzarla. De no ocurrir así, la tecnología se rechaza, como ocurre en el caso de la bodega, convirtiéndose el empleo de nuevas tecnologías en poca sensibilidad hacia en consumidor, que lo que quiere es ver antigüedad y tradición en el producto.

Sin embargo, posiblemente la innovación lo que permite es llegar de una forma más rápida y segura al producto tradicional fiel a sí mismo, sin interferencias, sin elementos extraños que enturbien el concepto más primario del vino, a no ser que estos artefactos sean la base de la imagen de lo tradicional en un producto determinado, pero no tiene por qué ser siempre así. De esta forma, los defectos en el vino dejan de ser lo característico del producto para dar paso al reflejo en el vino de su origen varietal, edafológico y climático, embalsamado por el arte y el oficio del factor humano.

En un principio, las nuevas tecnologías siguen la línea de menor resistencia, como las técnicas derivadas de la ciencia química, como el empleo del sulfuroso que supuso un avance indiscutible sin que peligrase la imagen de la tradición, después se emplearon nuevas tecnologías físicas para mejorar las tecnologías usadas anteriormente, como el empleo del frío y la filtración, con una aceptación menor para los puristas y, por último, se surgen nuevas orientaciones biológicas que nacen de la propia tecnología en si, como el empleo de microorganismos seleccionados liofilizados, rechazados sistemáticamente por la imagen más tradicional del vino. Cuando evaluamos las aportaciones de estas tecnologías modernas, lo que podemos ver es que la impronta humana sobre el producto permite reflejar mucho mejor la tradición. Por esta razón, la imagen tradicional del vino no debe avergonzarse de la innovación, sino más bien apoyarse en ella para conservar toda su esencia.