España no solo tiene la mayor superficie de viñedo a nivel mundial, sino que además es un país con unas condiciones climáticas óptimas para que gran parte de su viñedo goce del concepto ecológico en el amplio sentido del término, esté o no amparado por los organismos acreditadores. Se trata entonces de una ventaja competitiva y diferenciadora a explotar, sobre todo si vigilamos las cifras de consumo de vino ecológico en el mundo, una de las más crecientes. El término ha caído en gracia y resulta empático en tiempos de crisis. ¿Por qué no presumir entonces de este tipo de vinos?
La Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Ecológica (IFOAM) define a la agricultura ecológica, que incluye la vitivinicultura, como un “sistema de producción con manejo holístico que promueve y fortalece la salud del agro-ecosistema, incluyendo la biodiversidad, los ciclos biológicos y la actividad biológica del suelo”. El vino ecológico es el vino hecho a partir de uvas cultivadas en ecológico, sin la necesidad de usar fertilizantes sintéticos, realizar tratamientos con pesticidas sintéticos o utilizar herbicidas. La viticultura ecológica se enfoca al uso de los procesos naturales para producir y reciclar, así como para regular plagas, enfermedades y manejar las adventicias. El viñedo ecológico es visto como un sistema integrado para convertir la energía solar, los nutrientes del suelo y el agua en uvas, y las uvas el vino.

Un panorama más detallado del enfoque y la intención de la agricultura ecológica se puede deducir del siguiente principio: producir suficientes cantidades de uvas y vino de alta calidad, trabajando compatiblemente con los ciclos naturales y sistemas vivos a través del suelo, las plantas y animales en todo el sistema de producción, reconociendo el amplio impacto social y ecológico dentro del sistema de elaboración, vinos socialmente justos y ecológicamente responsables. Los vinos ecológicos deben ser además seguros para la salud de los consumidores.

Son muchas y muy importantes las bondades de la viticultura ecológica, buscando el empleo complementario de productos naturales, como abonos orgánicos, empleo de corcho natural en el vino, sistemas de labranza no contaminantes y envases más respetuosos con el medio. Incluso requiere más trabajo y mano de obra humana.

Lo mejor del concepto es que los vinos ecológicos son tangibles y medibles en sus compromisos, cosa que no ocurre con otros tipos de vinos, como los vinos biodinámicos, de autor, de garaje y de otras curiosas terminologías. Así que se presentan como algo “creíble” de cara al consumidor que simpatiza con este tipo de forma de vida y filosofía.

Por todas estas razones, no se puede asegurar de forma determinante, pero sí apostar por el reconocimiento de los vinos ecológicos como vinos de alta calidad organoléptica, ya que son naturales, auténticos y es posible que tengan más marcado el carácter “terroir” al estar más influenciados por las condiciones del clima y del suelo, ya que la planta debe reaccionar en consecuencia de su evolución por sí misma, sin ayudas. El vino ecológico es bueno para la salud, ya que no contiene pesticidas ni otros componentes como conservantes sintéticos ni elevadas dosis de ácido sulfuroso. La planta entonces, en su propia defensa, reacciona frente al ataque de hongos, produciendo de forma natural antioxidantes como el resveratrol. Un vino ecológico tiene un elevado componente ético, ya que respeta tanto el medio ambiente (tierra, agua, diversidad biológica) como los propios seres humanos, siendo el respeto hacia la naturaleza un valor en alza. El valor ético sobrepasa entonces el económico.

Los vinos ecológicos deberían entonces dejarse de ver como una amenaza, sino como un interesante complemento en el abigarrado mosaico de vinos existentes, sobre todo en un país como España, donde podemos desarrollar el concepto hasta su máxima expresión y potencialidad. A los jóvenes les gusta…

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