Tradicionalmente evito utilizar el calificativo “natural” a la hora de valorar comportamientos o personas. No en vano, tras el uso de dicha palabra o de su antónimo, se han escondido presuntas justificaciones para la discriminación, el odio y en general el juicio, en mi opinión, indebidos. Así pues y a título de ejemplo, tal o cual persona podía ser apartada de la sociedad por ser su sexualidad “antinatural” o se restringían las libertades de las mujeres por ser “natural” que ocuparan un escalafón inferior en la sociedad.

Parece no compartir el mundo actual este resquemor, puesto que nos hayamos en una vorágine donde lo “natural” es omnipresente sin verse el término despojado de su característica opacidad dada a ocultar, valga la paradoja, la verdadera naturaleza de las cosas, por lo menos desde mi humilde punto vista.

Del mismo modo en que tradicionalmente se han confundido conceptos biológicos y teológicos a la hora de definir al hombre, en la actualidad se recurre a menudo a una visión de la naturaleza que incorpora aspectos aparentemente científicos con otros que pertenecen al imaginario colectivo y que poco tienen que ver con la realidad.

Un ejemplo flagrante de este fenómeno está en la alimentación. Se multiplican hasta la saciedad etiquetas con el “100% natural” o el “hecho exclusivamente a partir de elementos naturales” que realmente quieren decir poco, pero evocan mucho en las mentes soñadoras de los urbanitas modernos. Estos eslóganes nos conducen a una idea bucólica y pastoril de la naturaleza sin aportar ninguna información tangible. Nada más natural que las setas que crecen en los bosques. Y sin embargo un bocado de algunas puede ser letal. Por tanto ¿qué quiere decir el adjetivo “natural” aplicado a los alimentos? ¿Tal vez que no han sido procesados, obviando evidentemente el hecho de cocinarlos que, eso claro está, es natural? ¿Tal vez que los alimentos son hoy tal y como eran antes de la aparición de la agricultura, tal y como eran originalmente en la naturaleza? Posiblemente se refieran a que las materias primas no se han tratado con productos químicos externos que mancillarían lo naturalmente puro. Qué quieren que les diga, a mi el salmón ahumado me encanta y tampoco mantiene la pureza del sushi, pero no veo que hay de malo en ello. No quiero caer en la caricatura, pero aunque todos somos conscientes de que la alimentación industrial puede plantear muchas dudas y peligros para la salud, hay que ser precisos en el ataque y se hace un flaco servicio a los controles adecuados cuando se recurre a formulaciones poéticas sin analizar la problemática con rigor.

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